Ya no queda luna
colgada del cielo,
el sol albareño
la abrazo tan fuerte,
que fundió su plata.
Sobre las montañas,
luego fue ascendiendo;
despertó a los gallos,
levantó a los hombres,
calentó mi casa
y ahuyentó a los duendes.
El trigo parece
que se despereza
danzan las espigas
con el Sol a cuestas.
Un mirlo saluda
desde la arboleda,
el ángelus llora
sobre la pradera
y algún peregrino
calla, escucha y reza.
Un reloj avanza
buscando la tarde
que surge dormida,
caliente, distante.
El río rebelde
se salta la siesta,
siempre va repleto
de palabras frescas.
Salta, corre, canta,
Se para, tropieza.
Luego, en la cascada,
el río se rompe
y yo me adormezco
cerca de su cauce.
El viento del norte
le tejió a la luna
un vestido blanco
con nieve dormida
sobre las colinas,
… y la echó a lo alto.
El sol del ocaso,
sin ser advertido,
la vio tan hermosa
que apagó sus luces
y la dejó paso.
No sé si escaparme
con la luna llena,
o el sol legendario;
con la nieve fría,
o el viento templado.
No sé si escaparme
o quedarme quieta,
o aguardar un rato,
y luego, en la noche
dormirme en tus brazos.

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