Secretos Blancos

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío,
me pareces un nido donde reposa
la paz, robada de todas las guerras de la vida.
Tienes la carita pálida y tu piel
huele a bienestar y caricia.

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío,
me parece que redimes
todos los errores de los hombres.
De tu nariz huye un viento suave
que me hace cosquillas de ternura.

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío,

me pareces un regalo bendito
amasado con los frutos de la tierra.
Dos hileras de pestañas tiernas
cobijan tu sueño azul.

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío,

me sobra el mundo, la palabra y el deseo.
En el hueco de tus manos
descargo el alma y lo duermo.

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío,

me parece que penetro
de puntillas en el tiempo
y a tu maraña revuelta
se van danzando mis dedos.

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío,

hay un sigilo de nomos
palpitando en los acordes
he un diáfano silencio,
y se transforman en lumbre
los murmullos de mis versos.

Cuando contemplo tu sueño
hijo mío, mejor cuando tus ojos
despiertan y me miran limpios, inmensos,
me doy cuenta de que Dios
dejó un beso escondido
en tu cuerpo.






Ya no queda luna

Ya no queda luna
colgada del cielo,
el sol albareño
la abrazo tan fuerte, 
que fundió su plata.
Sobre las montañas, 
luego fue ascendiendo;
despertó a los gallos,
levantó a los hombres,
calentó mi casa
y ahuyentó a los duendes.

El trigo parece
que se despereza
danzan las espigas 
con el Sol a cuestas.
Un mirlo saluda
desde la arboleda,
el ángelus llora
sobre la pradera
y algún peregrino
calla, escucha y reza.

Un reloj avanza
buscando la tarde
que surge dormida,
caliente, distante.
El río rebelde
se salta la siesta, 
siempre va repleto 
de palabras frescas.
Salta, corre, canta,
Se para, tropieza.
Luego, en la cascada,
el río se rompe
y yo me adormezco
cerca de su cauce.

El viento del norte
le tejió a la luna
un vestido blanco
con nieve dormida
sobre las colinas,
… y la echó a lo alto.
El sol del ocaso, 
sin ser advertido, 
la vio tan hermosa
que apagó sus luces
y la dejó paso.

No sé si escaparme
con la luna llena,
o el sol legendario;
con la nieve fría, 
o el viento templado.
No sé si escaparme
o quedarme quieta, 
o aguardar un rato, 
y luego, en la noche
dormirme en tus brazos.